Desde los tiempos los más lejanos, se aplicaba, para atraer
las energías cósmicas, la figura del triángulo. Es la base de la geometría
sagrada como primero expresión de las manifestaciones y de la conexión y comunicación con las
diversas dimensiones del universo. Tomando la forma de un cono o vórtice de energía
el triángulo vuelve una pirámide. Aparentemente
tridimensional, es a la vez la expresión del movimiento de bajada por expansión y de vuelta
por elevación de la energía universal. De esta manera evoca dos pirámides invertidas, una superior y una inferior. Eso da una dimensión de más a su tridimensionalidad
que lleva al conjunto un acuerdo a su manifestación, evocando una dimensión
superior más elevado. Las pirámides están en realidad generadores de unión que
armonizan su entorno con la energía universal, provocando un salto cuántico al entorno. Están interiormente y exteriormente generadoras de una
clase de energía libre.
Su campo energético facilita
el contacto con las dimensiones superiores, provocando en su entorno un campo plasmático
de vibraciones menos condicionadas.
Múltiples pirámides se construyeron en lugares de conexión
privilegiada con constelaciones de la galaxia. Especialmente la constelación de
Orión, junto con la estrella de Sirius. Eran intuidas como puertas multidimensionales que facilitaban las relaciones con las otras dimensiones celestes. El hecho de
servir como sepulcro de un faraón estaba solamente una expresión para reforzar estas
relaciones.
Orión es el reflejo de diferentes realidades de vidas más
perfectas. Por ejemplo, Betelgeuse correspondía,
segun los ancianos, a la morada o la mano del origen (carta o indicación) de Orión (Oar ou ur(e)ua : agua o et-or-ri
y et-or-ki, origen) o el origen de Zeus, asimilado a Osiris de los egipcios. La
entrada en sus realidades pasaba por la captación por la mente de la energía supramental
de síntesis difundida por Sirius, estrella mayor de nuestro sistema solar
local. Las pirámides de Giza están lo
más conocido en el occidente en este contexto.